All I used to do was pray
Jul 9, 2023
No estoy segura de si aquello que me invade cuando la vida se me para de frente sea fe o solo me estoy aferrando a lo que conozco. Quizá solo estoy huyendo a lo seguro, a lo enseñado, a aquel rosario de madera enredado en la cabecera de la cama de mama, a ese libro que supe leer cuando el aburrimiento adormecía mi cuerpo y yo todavia no tenia a mano a Cortazar.
El cristianismo es mi infancia y yo a eso no lo puedo cambiar. No está entre mis capacidades volver en el tiempo y decirle a mamá que quiero comer carne en esa semana sin importar lo sagrada que sea (aunque ahora su fe haya menguado y yo hace años que soy vegetariana), rogar por otro colegio en el que no me hagan leer el salmo a las 7:00 A.M. e ir a misa cada 13 de junio en lugar de estudiar durante muchos años, pediría el sábado dormir hasta tarde en vez de tener que ir a la parroquia a aprender la vida y obra de Jesús solo para al cabo de dos años vestirme de blanco y recibir la hostia, me hubiera perdido los juegos de niña exploradora con tal de no haber tenido que asistir a misa todas las tardes.
La religión me ha quitado horas de sueño y diversión como infante pero me formo, yo no sería quien soy si todo lo anterior no hubiera interceptado en mi rutina volviéndose parte, mimetizándose con mi cotidianidad. Si voy en el tiempo resalta ante mis ojos la pulsera de santos que traje de Lujan, mi rezo todas las noches, arrodillada en la cucheta con las manos en el pecho pidiendo por mi familia y la salud de un pariente que mantenía a mamá en llantos. Pero todo lo relacionado a Dios en mi vida hasta entonces era impuesto y yo no nací en la época del conformismo y el aceptar mandatos sino en la del cuestionamiento. Cuando cada mañana, antes de subir a las aulas rezabamos en el patio eran cada vez menos los que seguían la oración y más los pañuelos verdes colgando en las mochilas y la disconformidad. Todo con lo que yo había crecido empezaba a difuminarse y mis pares tenían su fe puesta en cosas muy ajenas al Dios que colgaba en el centro de cada salón.
Así como todo alrededor y en mi cambiaba también lo hizo mi creencia, me pasé años intentando encontrar el sentido del mundo en el que vivía en libros y prácticas demasiado extranjeras.
Deje de persignarme al pasar por la parroquia de camino a casa y en las ocasiones que me vi obligada a presenciar una misa ya no supe que venía en cada interludio, solo llore a la almohada todo lo que me ahogaba y deje de pedir por inasequible.
Por años estuve convencida que Dios iba a quedarse en mi vida como el recuerdo de una amiga en la primaria y solo iba a volver a él ante el terror. Pero mi cuerpo cree en Dios,es como si mis manos se movieran solas y cuando ya no me queda a quien pedir porque todo lo tangible se ha evaporado, algo en mi me asegura que queda una última vuelta porque allá arriba o donde quiera está lo divino, lo sagrado,lo justo. Y permito que mi cuerpo guie a mi mente más allá de esta saber que todo lo que ocurre en el mundo dista mucho de lo legítimo, de ser consciente que solo bastará con levantar la mirada para ver lo peor. Pero es lo que le sale a mi carne ¿Hasta que punto puede una cuestionar? ¿Cuántos años voy a ser capaz de sujetar mis manos con fuerza para que no formen una cruz con las puntas de mis dedos? ¿Cuántas veces me quedan de intentar alejar de mi cabeza cierta figura cuando todo se haya venido a mis pies y sienta que ya nada puede armarlo de nuevo? Quizá nada lógico, humano y racional pueda pero yo necesito creer en los milagros porque hoy, es lo único que tengo.
Voy a plegar mis rodillas y sollozar con las manos juntas, enredadas a un rosario de madera por lo que necesito sin importar que durante más de 15 años leí sus mandatos y se que sus tiempos sin importar los del mundo son los justos, le voy a pedir que lo reconsidere porque mi cuerpo esta temblando y no es solo de temor.
Creo en Dios a pesar de mi, contra mí pero lo hago y por esto voy a rezar.


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