El malvón.
El óxido calando el material, las grietas que empezaron como leves machaques con la promesa de ser revocados ahora ya son parte permanente de la escena, la avejentada madera, oscura y pesada que hace a la puerta, breve espacio que deja pasear al aire a un hogar en el que ya nadie lo recibe. Así como ya nadie observa al Malvón que se ha cansado de esperar la avenida de aquello que, todos saben, debía venir. Igualmente, en el reposo y en una pausa que ya parece haber durado años y maltratado espiritus olvidados, se siente en el aire la promesa de la vuelta al hogar, se mezcla con el olor a humedad de un agrio verano, casi pasan de ser percibidos por cualquier humano pero no para el muerto que solo sabe, que solo puede, esperar. Entonces, así como el pasto amargo se hace lugar entre el cemento, vemos como la vida se vuelve a mezclar con la muerte, sentimos los pasos firmes y vitales a la par de que lo marchitado está irrevocablemente ido, lo que muere mientras algo nace, vemos volver a lo que, quizá, nunca debió irse.


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