Hubo un tiempo que fui hermoso y fui libre de verdad

La sensación de que cada día pierdo más y sin embargo, lo único que puedo hacer es dejar ir. Lo que fue la vida pero ya no lo es, a dónde regreso como fantasma en noches de rezo. Vuelvo a la infinitud de los días llenos de aburrimiento y un sol que sólo sabía picar. Ella y yo leyendo lo mismo pero con otras manos, es un juego ¿Sabes? Nos mirábamos de punta a punta, pasar hoja tras hoja, hasta terminar. Siempre ganaba, hace décadas que las palabras solo se me escapan de las manos.
Quisiera que se acuerde de los secretos, de la risa, de lo que parecía eterno, de mi sonrisa antes de que la tristeza la envenigrara, de quién solía ser porque yo todavía la miro por detrás de botellas de cristal. Ni siquiera es necesario agarrar las fotos guardadas durante años en un bolso desgastado, puedo vernos flotando en el aire, el saludo al calor maternal, el polar abrigandonos de ese julio. Figuras de agua detenidas sobre cemento, dedos enganchados sobre alambre, el sol filtrándose por la humedad de las sábanas, las corridas sobre el piso caliente, la rayuela, vos con la piedra en la mano y yo saltando en una pierna. Las sillas azules, el silencio de una noche temprana, la factura proveniente de manos hastiadas, las risas, esas risas, nunca otras. ¿Realmente nunca vas a volver? ¿Yo tampoco ?¿Para siempre aquello que me traiga la memoria al sonido de tu nombre será la infancia enterrada sobre papel aceitado? ¿Va a ser eso para siempre? No sé si sabes pero hay días en los que no duermo y espero, por breves segundos que vos tampoco, que por un ratito, sólo uno y luego sigas, se te venga a la mente Casona y ese libro. Que sobre la lona y las extremidades de paisajes ajenos, recuerdes el salto sobre la soga y el agarre a la escalera, que desees presenciar por un pedacito de noche lo que fue criarte con mi voz como sonido de fondo. La infancia se nos escapó de las manos, la adolescencia nos hizo ásperas y casi extranjeras, la adultez te encontró austera, me recibió demolida. Entonces, quizá lo único que nos queda es el pequeño tesoro de eternos días que supimos llenar con una calidez tan amplia que, incluso en noches de angustia, son capaces de ahucarme la tristeza.
Te extraño tanto, pero vos ya no estás, podría estar mirándote frente a mi y seguirías sin ser vos y hace años que yo ya no sé ser como solía. Pero, por encima de sueños viajeros, piel bronceada y telas estrambóticas, estás escondida, guardada u olvidada. Quizá, te olvidaste de quien eras cuando me querías, quizá te olvidaste de mí, dejaste ir el ladrillo escribiendo sobre la pared y la cama cucheta. O sólo creciste para ser algo que no me puede abrigar, lejana al balde con bombitas y la caminata de cangrejo. Si, creciste, si, te fuiste. Si, te pienso, si, te espero. Si, te dejo ir, sabiendo que no volves. Nos dejó ir, sabiendo que siempre vuelvo. No es fácil dejar ir a la amiga más cercana, al abrazo más sincero, al cabello más lacio, al lado más cuidado que me queda. Al conjunto rosado y la literatura, a la vida compartida. Gracias mamá por traerme a la par, a la oportunidad aprovechada sin razonar, de aprender a leer y saber que papá Noel no es real, teniendo la posibilidad de tenerte a mis costados. Te tenía, me tenías, estás lejos y yo hace años que no puedo estar cerca. Ya no extrañó pero vuelvo porque la infancia y el sol sobre la terraza son lo único que saben bien cómo ser eternos. Hay que saber rendirse.

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